Cómo salí de deudas…. aun en el desempleo

Hace unos días recibí un correo de una de mis mimados favoritas: Haydeé Calderón. En él me contaba su testimonio de cómo logró salir de deudas (pese a estar desempleada) y me pedía compartir su historia, con la esperanza de que motivara a otros a lograrlo, así como tantos otros la motivaron a ella antes.

Acá va.

¡Hola Ela! Hace rato que he estado tentada a compartir mi testimonio de cómo salí de deudas en tu blog, pero algo me frenaba. Ahora creo que es un mejor momento para hacerlo, porque pese a que actualmente estoy sin trabajo, me siento tranquila en la parte financiera, y ya te cuento a continuación el cómo y por qué…

Cuando perdí mi trabajo de forma inesperada en 2016 por un recorte de personal en la organización donde trabajaba, pasé casi una semana mal durmiendo, estresada porque tenía deudas, no tenía un peso ahorrado, y no sabía cómo haría para subsistir -y seguir pagando mis deudas a la vez- durante los siguientes meses.

Mi cabeza no paraba de pensar y hacer números al aire, al punto que durante las noches acababa levantándome a escribir esos números, hacer operaciones, y ver por dónde podía medio subsanar el asunto. En esa situación estaba cuando me decidí a sacar un préstamo personal antes de quedarme sin trabajo, esto con el fin de pagar todas mis deudas y quedarme con una sola deuda (y una cuota relativamente baja) a la que poder hacer frente más fácilmente aun estando sin trabajo.

Tenía deudas con 2 tarjetas de crédito (de las que solo pagaba el  mínimo ya me estaba consumiendo), y en una tienda donde había sacado al crédito mi cama cuando me mudé. Así que me presenté al banco y me dieron la opción de un préstamo ligado a mi cuenta de planilla donde se debitaría mensualmente la cuota de manera automática.

Me apresuré a tomarlo antes de quedarme sin trabajo y que el banco me lo negara (¡ahí sí no sé lo que habría hecho!), y pues el banco me giró los cheques ya directamente para los acreedores. Así que de U$1,500.00 que me estaba comprometiendo a pagar durante los próximos 3 años de mi vida, LITERALMENTE no vi NI UN PESO. Pero era lo que me quedaba en ese momento, de otra manera el estrés me habría enfermado probablemente.

Posterior a eso, retomé tu formato de presupuesto (que aunque había intentado llevarlo el año anterior, por pura desorganización había abandonado), y empecé a distribuir lo que sería mi liquidación de forma que lograra cubrir mis gastos de los siguientes meses (alimentación, renta, servicios básicos, etc.), incluyendo la cuota que ahora le pagaría al banco. Gracias a Dios me salieron un par trabajitos aquí y allá, que me ayudaron a solventarme un poco; y solo un par de meses después encontré un trabajo permanente.

Lo primero que pensé cuando me contrataron fue “¡esto no me vuelve a pasar!”. Pero como bien dicen que el ser humano es el único que tropieza dos veces con la misma piedra (jejeje), al tener la seguridad de un nuevo trabajo volví a tarjetear algunas cositas que “me hacían falta” (o eso me dije yo en aquel entonces), y adquirí nuevamente deuda con la tarjeta de crédito.

Por suerte, esta vez estaba más consciente de en qué me estaba metiendo y más decidida a que quería darle un giro a mi vida financiera. Estaba cansada de quedarme sin dinero mes a mes por el pago de deudas y que para poder disfrutar un poco de lo que sentía que “me merecía” la única opción fuera endeudarme aún más. Estaba cansada de la frustración y el estrés que te genera vivir de esa manera y, como en este nuevo trabajo iba a ganar incluso mejor que en el anterior, me dije a mí misma “si no es ahora, ¡no hay cuando!”.

Y así empecé, trabajando mi presupuesto de lo que restaba del año, y ajustándolo cada mes según iba conociendo mejor mis gastos reales en cada área. Empecé a pagar lo más que podía a la tarjeta de crédito pero a la vez a ahorrar, porque no me imaginaba quedándome otra vez sin trabajo y sin tener un peso en mi cuenta.

Así que, por ejemplo, en lugar de meterle C$100.00 a la tarjeta, prefería meterle C$50.00 o C$60.00 y ahorrar el restante. Aparte, tenía el plan de un viaje al año siguiente para la boda de una amiga, y como era algo que quería mucho, mucho, me dije: “pues, me planifico y voy. No me voy a limitar tanto en solo pagar deudas porque si no me permito ciertas cosas importantes para mí, me voy a acabar frustrando y luego voy a querer endeudarme para darme mis gustos. Entonces mejor de a poquito. A paso firme, pero seguro”. Y así lo hice. Pagaba mensualmente lo del préstamo al banco, le depositaba algo a la tarjeta, y ahorraba cuanto podía para el viaje.

Pasaron 8 meses donde ya había logrado hacer del ahorro un hábito a tal punto que, debo confesar, me EMOCIONABA cada vez que depositaba dinero a mi cuenta de ahorro y mientras más lograba depositar, mayor era mi emoción (jajaja).

Pero todavía tenía un pegón ahí… a la tarjeta le depositaba dinero, PERO la volvía a utilizar, por lo que acababa prácticamente pagando lo del mes y sin bajar significativamente la deuda original (que tampoco era impagable pero era una piedrita en el zapato de mi nueva vida financiera).

Entonces, al volver del viaje me dije: “¡ahora sí!, esta tarjeta no se usa más, y todo el dinero que se pueda va para ella”. Y así lo hice también. Del viaje me quedó algo de dinero pero no quería quedarme sin ahorros, así que continué ahorrando un poco cada quincena y pagando lo más que podía a la tarjeta.  Y de esa manera, luego de solo 5 meses ya había cancelado esa deuda. Solamente me quedaba la deuda con el banco, pero como era una cuota que no me generaba estrés, ni incomodidad o limitaciones, preferí seguir pagándola mes a mes y ahorrar para otras metas que tenía.

Así pasó año y medio más, sin estrés y ya con el ahorro como un hábito. Logré viajar en un par de ocasiones más, que es algo que disfruto DEMASIADO y para mí se volvió una prioridad de ahorro. Hasta que a finales de febrero de este año me confirmaron que mi plaza sería cancelada en mayo, esto como parte del plan de ahorro de la empresa, debido a la crisis que atraviesa el país, ya que el rubro donde yo trabajaba (turismo) ha sido uno de los más golpeados.

Pero, ¡wow! No te puedo describir la diferencia ABISMAL entre lo que sentí la vez anterior cuando me anunciaron que me quedaba sin trabajo, y lo que sentí esta vez. Lo primero que hice saliendo de la oficina de mi jefe fue irme al banco a cancelar lo que debía del préstamo. Había viajado el mes anterior, por lo que no tenía tantos ahorros como hubiera querido pero sí suficientes para pagar de contado lo que me faltaba y que todavía me quedara un colchoncito pequeño. De allí hasta mayo, ahorrar todo lo que pude fue mi mayor meta; y luego de mayo, administrar con sabiduría el dinero de mi liquidación.

Hoy en día llevo ya casi 2 meses sin trabajo, y a pesar de todo no me siento estresada ni ansiosa. Fue tal mi tranquilidad al no tener deudas y poder utilizar enteramente mi liquidación como fondo de emergencia, que hasta me tomé un mes digamos “sabático”. Me practiqué una cirugía de cordales que tenía pendiente, me tomé sin prisa la recuperación, y durante ese primer mes -aunque fui a un par de entrevistas- no busqué trabajo tan activamente. La verdad quería un descanso, un relax, y pues tenía la solvencia financiera para permitírmelo sin culpas.

Ahora ya estoy de vuelta en la búsqueda, y aunque la situación laboral sí está difícil, el tener ese colchón financiero y recortar gastos lo más que he podido, me da la tranquilidad de poder seguir viviendo sin problemas durante varios meses más, en caso que no saliera algo pronto.

He recortado gastos significativamente, al punto que en este tiempo he vivido gastando por mes el equivalente a lo que en el pasado hubiera sido una quincena. Y eso, contrario a lo que se pudiera pensar, siento que me ha dado en cierta manera mayor libertad porque me da la seguridad que podré vivir más tiempo con mis  ahorros sin tener de qué preocuparme.

Mis gastos básicos están cubiertos, e incluso me permito un par de saliditas (económicas) al mes por una cuestión de salud mental; he retomado hobbies que había dejado por una cuestión de tiempo, e incluso me estoy alimentando mejor, comprando mayor variedad de alimentos (pero yendo al mercado para comprar varias cosas más baratas) y cocinando casi todo en casa.

En fin, ha sido un cambio de  mentalidad, de rutina, de todo. Pero a su vez, esto me ha dado la libertad de poder disfrutar el ser dueña ahorita de mi tiempo, sin el estrés de no tener para comer al mes siguiente. Y aunque este momento sea en cierta manera de inestabilidad, me siento incluso agradecida porque también me ha permitido ver cuánto he crecido y aprendido en esta área de mi vida; y que no importa los tiempos difíciles que pudieran venir, mi forma de afrontarlos ya no será nunca igual, porque mis hábitos y conciencia financiera tampoco son los mismos. Y por ello, a vos Ela, infinitas ¡GRACIAS!

 

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