Así fue Mujeres que hablan de dinero y así será…

El 3 de septiembre de 2026 pasó algo que llevaba meses imaginando, trabajando y construyendo: lanzamos oficialmente Mujeres que Hablan de Dinero. Esa tarde, 108 mujeres llegaron al Hotel InterContinental de Managua para hacer algo que todavía nos cuesta muchísimo, incluso entre amigas, hermanas, colegas o parejas: hablar de dinero de verdad.

No me refiero a comentar cuánto cuesta algo, decir que todo está caro o preguntar cuánto pagaste por un viaje. Me refiero a hablar de nuestros ingresos, nuestras deudas, los errores que hemos cometido, lo que queremos construir, aquello que nos preocupa y esas decisiones financieras que muchas veces vivimos en silencio. Hablar de dinero con honestidad implica exponernos un poco y, precisamente por eso, necesitamos espacios donde podamos hacerlo sin sentirnos juzgadas.

Para mí, este proyecto comenzó mucho antes del 3 de septiembre. La ironía es que llevo años hablando de dinero: lo hago en redes sociales, conferencias, empresas, entrevistas, el Café Financiero, mis libros y prácticamente todos los espacios de mi vida profesional. Sin embargo, en algún momento me di cuenta de que yo tampoco tenía un lugar donde pudiera sentarme simplemente como Elaine, quitarme por un rato el sombrero de experta financiera y hablar de mis propias decisiones sin tener que tener todas las respuestas.

Recuerdo particularmente una conversación con mi amiga Nancy, a inicios de este año, mientras hablábamos de inversiones, decisiones que habíamos tomado y lo que cada una estaba haciendo con su dinero. Era una conversación entre dos amigas que podían preguntarse con confianza cuánto estaban invirtiendo, qué les preocupaba y qué estaban pensando hacer después. Al terminar, me quedó dando vueltas una pregunta que terminaría siendo mucho más importante de lo que imaginaba: ¿cuántas mujeres tenemos realmente un espacio así?

Meses después, durante un viaje a Guatemala, reuní a un pequeño grupo de mujeres y tuvimos nuestro primer círculo. Ahí entendí algo que no habría podido aprender diseñando una presentación, haciendo una encuesta o leyendo sobre la metodología. Había que vivirlo, porque cuando una mujer sabe que lo que diga no va a salir de ese lugar y que nadie está esperando corregirla, darle una lección o decirle lo que debería haber hecho, la conversación cambia por completo.

Empezamos entonces a entrar en esas partes de nuestra vida financiera que normalmente no contamos. Aparecen las deudas que nadie conoce, los ingresos que nunca mencionamos, el miedo a depender económicamente de alguien, la culpa por gastar, la presión de ayudar a la familia, las decisiones dentro de una pareja, el patrimonio que queremos construir y la jubilación que quizá todavía no sabemos cómo financiar. También aparecen mujeres que, aunque desde afuera parecieran tener todo bajo control, están tratando de ordenar muchas cosas por dentro.

Por eso Mujeres que Hablan de Dinero nunca fue pensado como otra conferencia de educación financiera. Las mujeres que llegaron aquel 3 de septiembre no llegaron solamente a escucharme a mí; llegaron, sobre todo, a escucharse entre ellas. Fueron organizadas en círculos acompañados por mujeres guías que habían pasado previamente por horas de entrenamiento, reuniones y preparación para comprender la responsabilidad que implica sostener una conversación de este tipo.

Quince mujeres aceptaron asumir ese rol y, sin duda, son uno de los pilares de esta comunidad. Crear un espacio seguro no sucede por casualidad: requiere estructura, confidencialidad, escucha y personas dispuestas a ser vulnerables primero para que las demás entiendan que también pueden hacerlo. Dentro de los círculos tampoco buscamos encontrar a la mujer que tiene la mejor respuesta, porque el objetivo no es aconsejarnos unas a otras, sino compartir experiencias, hacer preguntas y aprender de historias que pueden ser muy diferentes a la nuestra.

De alguna manera, en esas conversaciones comenzamos también a dejar de sentir que tenemos que resolver nuestra vida financiera completamente solas. Y eso importa, porque el silencio alrededor del dinero tiene consecuencias reales. Nos cuesta cuando una mujer descubre demasiado tarde que nunca construyó patrimonio a su nombre, cuando firma una deuda que no entiende, cuando asume obligaciones económicas por otra persona o cuando pasa años evitando un problema financiero por vergüenza.

También nos cuesta cuando creemos que somos las únicas que todavía tenemos preguntas. La educación financiera necesita información y herramientas, por supuesto; necesitamos presupuestos, cálculos, planificación y conocimientos sobre crédito, ahorro e inversión. Sin embargo, después de tantos años trabajando en esto, estoy convencida de que hay decisiones que una hoja de Excel no puede tomar por vos y que, en determinados momentos, lo que necesitamos es una conversación honesta.

Necesitamos escuchar a otra mujer decir algo y pensar: “yo también estoy viviendo eso”. Necesitamos referencias, conocer otras formas de tomar decisiones y aprender de quienes han atravesado situaciones distintas. También necesitamos comprender que nuestros ingresos, nuestro patrimonio, nuestras deudas y los errores que hayamos cometido no determinan nuestro valor como personas.

Eso fue parte de lo que pudimos vivir aquella tarde. Hubo risas, silencios, lágrimas, preguntas, abrazos y, sobre todo, muchas ganas de continuar. Mujeres que habían llegado sin conocerse se sentaron alrededor de una mesa y compartieron partes de su vida que probablemente nunca aparecerán en sus redes sociales ni forman parte de las conversaciones cotidianas.

Por eso, el 3 de septiembre no hicimos simplemente un evento que duró unas horas. Comenzamos una comunidad que queremos sostener en el tiempo a través de círculos que continúen reuniéndose, creando confianza y abriendo conversaciones sobre dinero. El sueño, además, es enorme: queremos lograr que 50 millones de mujeres hablen de dinero.

Dicho así, por supuesto que parece gigantesco. Sin embargo, los proyectos que llegan lejos siempre comienzan con un primer grupo de personas dispuestas a creer en ellos, con una primera conversación y con alguien que se atreve a contar algo que quizá nunca había contado antes. En nuestro caso, todo comenzó con estas 108 mujeres, y nunca voy a olvidar que ellas fueron las primeras.

Nada de esto habría sido posible sin las 15 mujeres guías que dijeron que sí cuando todavía estábamos construyendo la idea. Ellas se capacitaron, estudiaron, practicaron y asumieron la responsabilidad de cuidar cada círculo, por lo que esta comunidad también les pertenece. Gracias por estar dispuestas a compartir, escuchar y sostener un proyecto que apenas está comenzando.

Gracias también a Karlita y Gaby, de Vértice, quienes me acompañaron durante todo este proceso y ayudaron a convertir una idea en una experiencia real. A mi equipo de Plata con Plática, especialmente Daniela y Xóchitl, gracias por todas las horas que nadie ve, porque un evento dura unas horas, pero construirlo requiere meses de trabajo, listas, cambios, mensajes, logística y una cantidad enorme de pequeños detalles.

También quiero agradecer a mis amigas, a las que estuvieron desde las primeras conversaciones y a las que hicieron espacio en sus vidas para acompañarme ese día. Raquel viajó desde Costa Rica especialmente para estar presente y mi mamá, como tantas otras veces, estuvo ahí conmigo. Este proyecto nació desde un lugar profundamente personal y, por eso, contar con las personas que quiero cerca hizo que ese día fuera todavía más especial.

Gracias, además, a todos nuestros patrocinadores, aliados y marcas que decidieron creer en esta primera edición. Apostar por un proyecto nuevo también requiere confianza y, gracias a su apoyo, pudimos construir una experiencia pensada con mucho cuidado para cada una de las mujeres que llegó esa tarde.

Finalmente, gracias a las 108 mujeres que participaron. Gracias por confiar sin saber exactamente qué iba a pasar alrededor de esas mesas, por hablar, por escuchar y por compartir temas que durante demasiado tiempo nos han enseñado que debemos mantener en privado. Cada conversación de esa tarde confirmó algo que venía sintiendo desde hacía meses: las mujeres necesitamos hablar mucho más de dinero.

Espero que dentro de varios años podamos volver a este artículo y recordar exactamente dónde comenzó todo. Ojalá para entonces existan círculos en otras ciudades, en otros países y miles —quizá millones— de mujeres hayan formado parte de esta comunidad. Quiero que podamos mirar las fotos del 3 de septiembre de 2026 y recordar que todo empezó aquí, con 108 mujeres, quince guías y una conversación que estábamos necesitando tener.

Porque cuando las mujeres hablamos de dinero, aprendemos unas de otras, tomamos mejores decisiones y empezamos a transformar nuestra relación con nuestras finanzas. Y aquella tarde, alrededor de esas mesas, dimos apenas el primer paso.

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