Testimonio: De la oscuridad de la negación a la luz de la realidad

El siguiente testimonio pertenece a Hellen Bonilla, una costarricense que, con mucho trabajo en sí misma y esfuerzo, ha logrado darle vuelta a su vida financiera. Me pidió compartir su testimonio con la esperanza de inspirar a muchos otros a lograr las finanzas personales que quieren y merecen tener.

La pregunta ¿Y ahora qué voy a hacer? Fue una de las primeras señales que se asomaron en el momento en el que llegué al punto de atrasarme con el pago de mi tarjeta de crédito, cosa que nunca antes me había pasado ya que siempre había sido súper puntual y responsable con mis pagos. Este atraso provocaba en mi vergüenza, angustia y decepción de mi misma.

En aquel momento creo que la ceguera del consumismo y la ambición sin planificación se apoderaron de mí y veía la prosperidad financiera reflejada en todo lo que materialmente pudiera alcanzar y que me hicieran sentir exitosa, como tener un título joven, carro, viajar y principalmente una casa antes de los 35 años.

En mí siempre había una necesidad de querer alcanzar todo en corto plazo, menospreciando muchas veces lo que ya tenía. Creo que por el hecho de que mis padres siempre me dieron lo mejor, no llegué a saber realmente el valor de las cosas. Pues a pesar de que desde muy joven trabajaba limpiando la casa de una vecina o de niñera los viernes, nunca conocí gracias a Dios y mis padres lo que realmente era pasar necesidades, como no tener que comer o vestir.

Recuerdo que desde muy joven tenía un plan de vida bastante detallado de las metas que quería alcanzar. Incluso la mayoría de ellas con un plazo estimado y no creo que estuvieran mal, pues todos debemos tener un plan de vida solo que en el mío todo era en el corto plazo, en otras palabras, la inmediatez para mí era un estilo de vida.

Señales de que la crisis venía  tuve varias. Pero las ignoraba. Por lo que constantemente recurría a las refundiciones de saldo, para silenciar las alertas que se iban activando en mis finanzas, pensando en que la única forma de hacerse de las cosas era echándose al agua y enjaranándose y en mi pensamiento era mejor hacerlo joven así terminaría de pagarlas estando aun joven.

Siempre había tenido como meta que quería disfrutar de todo lo que pudiera estando joven. No me veía pagando una casa a los 50 años o viajando a los 60. Tenía la creencia muy arraigada de que no quería ser como los adultos mayores que veía en los buses de turistas que iban al Teatro Nacional, que podían dedicarse a viajar ya siendo adultos mayores pensionados.

Justamente por ese sentimiento tal vez de miedo a la vejez no me importaba endeudarme para pasear y disfrutar diciéndome que cosas como subir el Chirripó o el cerro Yunque en P.R. eran cosas que debía hacer joven aunque no tuviera dinero ahorrado para realizarlas, ahí se iban pagando, pero los iba a disfrutar cuando podía hacerlo físicamente.

¿Qué experimenté en la crisis?

En mi caso particular, la negación hizo estragos en mí, ya que no quería reconocer que estaba llevando un estilo de vida totalmente fuera de mi alcance y eso me generaba frustración y enojo. Debo reconocer que mi crisis no fue por factores de fuerza mayor, aunque muchas veces quise justificarla por los gastos médicos por mis problemas, los cuales sí fueron importantes pero jamás la causa principal de semejante avalancha que tenía detrás de mí.

La ausencia de contentamiento fue una de las principales causas de mi crisis. En una oportunidad, una persona muy cercana a la cual le comenté mi frustración, me dijo que hiciera una lista de todas las cosas que tenía, le dije que tenía salud, un buen trabajo, esposo, una bebé en camino, una carrera. Me dijo “todo eso está muy bien pero no me ha mencionado el lote que ya tienes, el carro, vives en un apartamento supongo que tienes una cama, un televisor, una cobija, un sartén etc”. Cosas que podrían parecer tan básicas pero que yo las daba por sentado.

Al llegar la crisis a nuestra vida las medidas que tomamos para hacer frente a ella fueron dejar de ir a comer fuera de casa todaslas semanas, recortar gastos de recreación, dejar de gastar en gustos innecesarios, optimizar las compras en el supermercado y poner límites a las compras que hacíamos para nuestros hijos en cuanto a vestimenta, calzado y juguetes. Nada del otro mundo y, como dice alguna gente, cosas de “sentido común”. Pero en ese momento de despilfarro, yo no estaba haciendo uso de ese sentido común y que, por supuesto si fue difícil al principio, pero conforme se fueron dando cada vez fue más sencillo ir realizándolos.

¿Cómo impactó la crisis a mi familia?

Era una combinación de frustración, enojo y decepción de no haber manejado las finanzas de mi hogar correctamente. Recuerdo que siempre decía que todo el mundo estaba igual pero que nadie hablaba de eso. Muchas veces me enojaba ver personas que viajaban tal vez siendo más jóvenes que yo o teniendo una familia similar a la mía y me preguntaba por qué si yo me había esforzado tanto no podía hacerlo. Muchas veces me consolaba pensando: «esa gente no tiene casa y yo sí», pero no era más que la envidia que se desbordaba por todo mi ser.

Inevitablemente, las discusiones, reproches y acusaciones fueron el pan de varios días. Pues hasta ese momento no éramos conscientes al 100% del enredo en el que estábamos, incluso llegando a pensar muchas veces en la separación (la salida más fácil) pero no la solución de nuestros problemas financieros. Tuvimos que hacer un alto y hacer un análisis a conciencia de que ambos éramos responsables de la crisis y tratar en conjunto de poner orden al desorden en el que vivíamos.

¿Que hicimos?

Reconocer que estábamos a punto de tocar fondo o ya lo estábamos tocando, pero yo no lo aceptaba al 100%. Pues era reconocer la realidad. Habíamos hecho las cosas mal durante muchos años.

Tocó hacer lo que durante muchos años no habíamos hecho. Hablar del tema con alguien formalmente. Realmente fue hasta que empecé el proceso de selección del Programa de Educación Financiera que realmente hablé con alguien abiertamente y a profundidad de mi situación.

Apegarnos a un presupuesto fue fundamental para empezar a establecer límites en nuestro patrón de compras e identificar claramente qué cosas debíamos cambiar.

Modificar nuestra forma de alimentación en donde la refri y la alacena debía estar llenas. En otras palabras, comprar desde la carencia. Compartir más tiempo de recreación en casa o comidas hechas por nosotros en lugar de ir a un mall.

Decir no, no solo a gastos innecesarios por compromiso como baby shower, despedidas, almuerzos de oficina, sino a familiares y amigos que normalmente les prestaba dinero a pesar de tener deudas.

El programa me permitió ver opciones que para mí eran imposibles, como buscar descuentos extraordinarios en la escuela de mis hijos.

Para nosotros fue fundamental explicarles a los chicos para que ellos también aportaran al proceso, ahorrando tanto en servicios públicos como en disminución de golosinas que antes se compraban sin restricción. Ellos ahora son conscientes de que cada cosa que se compra debe ser necesaria y que los gustos se pueden de vez en cuando no siempre. Incluso he escuchado a mi hija mayor decirle al menor en el supermercado “No puedes comprar eso, porque no es saludable y además es un gasto innecesario”. Para mí es una gran satisfacción ver que ellos han ido aprendiendo.

Ser parte del programa y buscar intencionalmente contenido de calidad en materia de finanzas personales ha sido vital para poder crear conciencia de las causas y consecuencias de la mala administración en las finanzas personales, lo cual nos ha permitido quitarnos la venda de los ojos y tomar acción y responsabilidad por las malas decisiones tomadas en el pasado. Así mismo asistir al grupo de Codependencia nos ha enriquecido no solo individualmente sino como pareja.

Mantenernos firmes en nuestro plan de salida de deudas y en el estilo de vida que decidimos tener de ahora en adelante, a pesar de los tropiezos que puedan darse en el camino seguir con una meta clara, sin olvidar las enseñanzas y aprendizajes obtenidos a lo largo de este camino.

A nadie le gusta estar en una crisis, pero muchas veces son necesarias para hagamos conciencia de los que hemos hecho mal y nos brinda la oportunidad de responsabilizarnos de nuestras acciones y tomar el control del caos en el que hemos vivido durante mucho tiempo.

Hoy, un año después de iniciar este proceso, nuestras deudas están totalmente controladas y con una fecha de finalización, tenemos unas finanzas estables, disfrutamos de un hogar más que de una casa donde vivimos agradecidos y valorando cada día lo que tenemos y lo que no tenemos, pues sabemos que todo lo que soñamos llegará en su momento.

Las crisis sacan muchas veces lo peor y lo mejor de nosotros mismos pues como dicen una frase de la Película Sing “Sabes que es lo mejor de tocar fondo? Que solo puedes hacer una cosa que es… subir” esa debe ser la actitud que debemos tomar en una crisis dejar de lado las lamentaciones y victimización, para dar paso al espíritu de fuerza y valentía que hay en nosotros que nos impulsa levantarnos, sacudirnos el polvo, aprender de nuestros errores, reconstruir y proponernos ser mejores cada día.

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