Testimonio: La crisis tocó mi puerta y cómo salí de ella

Hace unos días recibí este correo de Javier, contando su historia y pidiéndome publicarla. Para mí, cada persona que se da cuenta que puede cambiar y comienza a trabajar en sus cambios es admirable y una fuente de inspiración para muchos otros que están dudando de sí mismos. Espero disfrutes el testimonio de Javier.

Las crisis por las que he pasado han sido muchas. Han entrado de frente, por detrás, por un lado y por el otro. Así como la vida es la suma de factores que vienen en todas las direcciones, así mismo han sido las causas de mis crisis. El venir de una familia novela, con la pérdida total de nuestro patrimonio, al dejar nuestra familia nuestros recuerdos atrás, más todo lo que esto significó, generó una de esas primeras crisis, la cual fue como un terremoto, que nos movió la vida  y nos marcó para siempre.

Reflexionando en mi pasado, la crisis nunca se fue. Fue una compañera inseparable en mi vida, como un parásito que se resistía a abandonarme, porque sin darme cuenta yo la alimentaba  cada día. Se hizo tan parte de mí, que creo que hasta la necesitaba en mi vida porque no sabía cómo vivir sin ella.

El vivir siempre al límite, como decimos: “a coyol quebrado, coyol comido”, fue el estilo de vida en mi niñez y en mi adolescencia y luego como hombre adulto. El ver que si quería algo, tenía que comprarlo a crédito o con pagos de polaco, esa era la norma, la que siempre estuvo presente en mi casa. No existía el hábito del ahorro, no existía la consciencia de tener previsiones, fondo de emergencia, se creía que por ser pobre, el ahorro no era parte de nuestra vida, eso decía mi mamá: «es para la gente que gana mucho», que según ella “le sobraba”.

Por otro lado, mi hermana mayor siempre me mostró que podíamos vivir otro estilo de vida, pero no me enseñó de la frugalidad. Más bien  me mostró que el dinero significaba éxito y reconocimiento, que con dinero se podían doblar voluntades y que con dinero siempre se tenía la razón. Si mi madre contribuyó a construir  las bases, ella  participó en los que fueron los pilares de mi crisis.

Pero, ¿qué es una construcción con bases y pilares si no se tienen las paredes? Esas paredes llegaron con mi padrino. Él, un hombre altruista, donde lo que era reconocido era su entrega a las personas, a un nivel que superaba a mi madre, donde comprometía su patrimonio, su estabilidad, por ayudar a los demás, entre ellos a mí.

Esas fueron las paredes que terminaron de construir esa casa de la crisis, en la que se convirtió mi vida por muchos años. Se llenó de diferentes habitaciones, donde en cada una se alojaban mis malas decisiones, mis anti valores, mis anti principios, donde se hospedaron mi hedonismo, mi falta de límites, mi sobre endeudamiento, mi baja tolerancia a la frustración, mi codependencia, mi miedo al fracaso, mi falta de frugalidad y de contentamiento. Donde mi rol de hombre proveedor era la puerta donde salían sin ningún control mis recursos limitados, pero eso no lo veía, eso estaba dentro, se ocultaba.

En el exterior de esa casa de crisis, veía y buscaba que los demás vieran un hombre luchador, exitoso, preocupado por su madre y por la familia, estudioso, con tarjetas de crédito, carro, casa, que podía tener un estilo de vida diferente a sus primos que no habían estudiado y que cada día se acercaba al estilo de vida de su hermana mayor, la empresaria.  Ya  a mis 25 años me sentía exitoso porque tenía carro, casa y mis tarjetas de crédito, porque podía darle a mi mamá cosas que ella no había disfrutado, estaba sumergido en una nueva crisis dentro de la misma crisis y no me daba cuenta, porque yo me negaba a aceptar que tenía un problema.

La falta de liquidez tocó a mi puerta, el sobregiro de las tarjetas de crédito también, los gastos no paraban de llegar y yo con mi pensamiento fantasía me decía a mí mismo, que yo era capaz de resolverlo todo, era tal mi inmadurez, mi irresponsabilidad, que no asumía la realidad, que no veía lo profundo de mi iceberg, que no era capaz de destruir esas paredes que me encerraban y no me dejaban ser consciente de lo que estaba haciendo con mi vida, me decía: “yo me lo merezco, para eso trabajo y estudio, soy una buena persona, buen hijo, así que tengo derecho a disfrutar mi vida, la vida es corta tengo que disfrutarla”, y así pasé 20 años de mi vida, construyendo nuevas paredes, nuevos pilares, ampliando la casa de mi crisis.

Recuerdo que decía «cuando gane el doble viviré mejor». Cuando llegué a hacerlo, me volvía a decir «cuando gane el doble viviré mejor» y cuando llegué a hacerlo me volvía a repetir  «cuando gane el doble viviré mejor», y el haber aumentado mi ingreso no significó ningún cambio real en mi vida, porque el cambio que necesitaba no era en mi ingreso, era en mi forma de ver el dinero, de administrarlo, de gestionarlo, de valorarlo.

Cuando veo hacía atrás, pasé en 20 años de mi vida a mejorar en 800% mi ingreso y eso no me alejó de la crisis, porque el ingreso no era el problema, el problema era yo, estaba desesperado, me sentía fracasado, me sentía avergonzado de mí, mi autoestima estaba por el suelo. Esa casa que se veía bonita desde afuera, se había convertido en una prisión, en una armadura que no me dejaba disfrutar realmente de mí, de mi vida, de mi familia. Veía que todo lo que yo creía  ya no tenía valor en mi vida, perdía sentido y significado, ya una voz interna me decía:“cambia la manera de ver las cosas, escúchame porque quiero hablarte”, pero yo aún me resistía, porque oírla me significaba un gran temor, un gran dolor.

Pero llegó el mes de octubre del año 2018, una amiga me dijo: “Javier, voy a dar un testimonio de algo que cambió mi vida, quiero que llegues”. Ya ella en el pasado me dijo que estaba participando de un programa de Educación Financiera en el trabajo, lo que hacía que mi voz interior cada día me llamara o más bien me gritara, que había opción, aunque no era consciente del esfuerzo y del proceso que esto podía significar.

Con el corazón en la mano, llegué y escuché testimonio tras testimonio. Mis lágrimas comenzaron a brotar, mi voz interior me decía: “no estás solo, otros han pasado lo que has pasado y lo han superado, tienes oportunidad de vivir con felicidad”, ahí nació en mí la semilla de la esperanza y el cambio. Ahí se cayó el espejismo de mi auto engaño, ahí salió a la luz el desastre que era mi vida, lloré y lloré, esas lagrimas que no solo brotan de los ojos, sino también del corazón.

Me partí el alma escribiendo mi primer ensayo, solo en una habitación de un hotel frente al mar, solo con mi voz y el sonido de las olas, embargado en una profunda reflexión, en un profundo dolor, de ver atrás y ver qué había hecho los últimos 20 años de mi vida, vi con mayor claridad mi prisión, reconocí cada una de esas celdas, reconocí que el problema el origen estaba en mí, era mi primer paso, era mi aceptación y  la expresión de mi realidad.

El dejar mi corazón y mis esperanzas en entrar al programa de educación financiera dio frutos. Entré en enero de 2019 y el ser parte de este  grupo de apoyo me abrió las puertas de una nueva casa, una llamada prosperidad financiera, donde estoy construyendo nuevas habitaciones, donde han llegado a habitar la frugalidad, el contentamiento, el ponerme límites, el ser consciente y trabajar en mi codependencia, el presupuesto, la dieta de gastos, el valorar cada colón como un millón de colones, reconocí los pilares de mi resiliencia, de la perseverancia, de la integridad, autenticidad, la moderación, la templanza y perseverancia.

Revisé las causas de mi crisis y el presupuesto fue el mapa que me ayudó a encontrar las fugas o más bien derroches irresponsables del dinero, de esos recursos limitados con los cual contaba.

El ir al grupo de CODA me permitió ver que no puedo tener el control de todo, que cada uno tiene la capacidad embrionaria de enfrentar su vida, sus decisiones, que debo de priorizarme, de amarme y aceptarme, pero sobre todo de perdonarme.

Ajusté mis decisiones a un presupuesto, el cual se ha convertido en mi biblia, en mi hoja de ruta, a través de él sé qué puedo hacer y qué no puedo hacer. Es la fuente de mis alertas porque sí, a pesar del esfuerzo y compromiso, hay errores y con un presupuesto se tiene una manera efectiva de evitar el impacto de imprevistos, que realmente pueden ser previstos.

Aprendí a decir no a salidas a comer fuera, a no  comprar deseos y gustos y decir sí a mis verdaderas necesidades. Aprendí a negociar con mi familia, con mis compañeros y con mis amigos cuándo era el mejor momento para hacer un gasto, negocié conmigo mismo los tiempos para decidir si algo realmente era necesario, y la verdad, descubrí que posponer una compra o mapearla dentro del presupuesto  me permitía muchas veces no hacerla, porque realmente no era una necesidad o no estaba en condiciones financieras para realizarla.

El cúmulo de buenas acciones se ha convertido en una bola de nieve positiva. Me ha hecho generar un superávit, ganando un 40% menos que hace año y medio. Sí, suena irreal, pero es mi realidad. Ahora con menor ingreso, tengo mayor prosperidad financiera, he generado mi buena suerte, con solo 8 meses de buenas prácticas financieras que he compartido con mi familia y que ellos poco a poco han ido incorporando en su diario vivir. Porque con mi ejemplo, con mi persistencia, han visto que cambiar los hábitos financieros da frutos, da una verdadera prosperidad y que la crisis sí puede alejarse de nuestras vidas.

Hoy con solo 8 meses tengo previsiones para el mantenimiento de la casa, impuestos, viajes al exterior, mascota, pago de mi colegio profesional, pago un centro diurno para mi madre, siempre pago los recibos a tiempo, las tarjetas de crédito son un medio de pago y no una fuente de financiamiento.

Tengo programado mi fondo de emergencia a partir de enero 2020, con el cual espero tener en un lapso de 6 años, el dinero que necesitamos para sobrevivir 10 meses de nuestras vidas sin trabajo, el cual con un uso responsable puede llegar a ser un año. Con mi plan de salida de deudas en 8 años tendré cancelada mi casa, no tendré deudas, liberaré por casi mil dólares mi salario, entrando definitivamente a una nueva etapa, la cual desde ya, la veo con mucha responsabilidad y luchando para que mi vejez sea realmente equilibrada no solo a nivel financiero, sino también emocional.

Sí se puede, sí se puede hacer el cambio. Nunca es tarde, mucho compromiso, mucho esfuerzo y llegará mucha paz. Es como quitarse la venda de los ojos y ver realmente lo importante. Es estar alerta en todo momento, es cuestionarse todo, para medir su impacto presente y futuro.

Es vivir más con menos y ser feliz con ello.

Gracias a Gaby, otra vez en un habitación de hotel, pero mirando otro mar y mirando una nueva vida llena de felicidad y paz!

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