Por qué compré un seguro de vida con ahorro

Éste es un post invitado de una lectora: Norma Gutiérrez, quien además, es mi suegra. ¡Muchas gracias a ella por compartir su experiencia! Si te interesa escribir un post en Plata con Plática, escribime a [email protected] y con gusto lo publicamos, el único requisito es que sea relacionado a finanzas personales y no hayan errores ortográficos.

Recuerdo que ingresé a este mundo de los seguros en Junio de 1990. Antes de esta fecha desconocía cómo funcionaba este instrumento financiero.  Comencé a estudiar, investigar y conocer cómo realmente era que se transformaba ese pequeño “folleto” de varias hojas que se llamaba póliza, en alimentación, techo, vestuario, educación…en fin, en satisfacer las necesidades básicas de cada ser humano.

Reflexioné sobre mi situación, sobre mi familia, sobre mis hijos que estaban pequeños, con edades de 7, 10 y 14 años y me dije “¿Qué pasaría con la situación de ellos, si algo imprevisto me llegara a suceder? ¿Qué cambios posiblemente se presentarían en sus vidas?” Y comencé a hacer los cálculos de gastos que se daban en nuestra familia con los ingresos totales, tomando en cuenta los de mi esposo y los míos.

Obviamente, hasta en ese momento me di cuenta, ya afinando el lápiz, de que la crianza y educación de nuestros hijos cuesta. Si queremos brindarles lo básico y algo más, estamos hablando de buena alimentación, el techo donde se vive (que siempre se desea que sea en un ambiente sano, seguro, etc.), la educación, el vestuario, la recreación, los gastos en honorarios médicos y medicinas, algunos imprevistos, etc.

Efectué los cálculos, tomando en cuenta que para la protección de ellos debería ser de al menos 15 años, considerando la edad del menor, a fin de que mínimamente su protección estuviera garantizada cuando él alcanzara los 22 años.

Reflexionaba. Me decía a mí misma que si algo me pasara,  posiblemente mi esposo continuaría cubriendo con sus ingresos los gastos básicos de alimentación, educación y la manutención de todos los gastos adicionales. Pero, también meditaba… ¿y si él se vuelve a casar? ¡La situación podría cambiar!

¿Y si nos pasa algo a los dos juntos? Entonces mejor me garantizaba un monto, que si bien no era una fortuna, pero por lo menos mis hijos contarían con una herencia automática de un fondo módico, que mi esposo o mis padres podrían reservar para sus estudios universitarios o sus necesidades inmediatas. Y tomé la decisión y me formulé un bonito plan de solamente protección, o sea que no llevara para nada  ahorro, porque éstos eran los más favorables económicamente y cumplían una función sobre todo para las personas  jóvenes. En ese momento yo contaba con 34 años.

Con el plazo de 15 años de protección para mis hijos, ya sentía que podría tener una tranquilidad emocional, una seguridad financiera complementaria para ellos. No obstante, pensé también en mí, y me interrogaba “¿Y si quedo incapacitada totalmente por un accidente o una enfermedad?” Y me respondí: Voy a garantizarme un período que exceda el período de protección de 15  años, y lo prolongué hasta los 20 años de protección.

Este plan de protección significa que se puede adquirir una suma asegurada alta con una inversión mínima. ¿La razón de su baja inversión o mínimo costo? Mi edad, así como el tipo de plan que no llevaba nada de ahorro y el plazo.

Pero el análisis no finalizó allí, sino que me planteé lo siguiente: “bueno, pero necesito tener algo de ahorro a la edad de 65 años” y pensé en un plan en seguro de vida que se llama Dotal, que quiere decir que la suma asegurada que le darían a mi familia si yo muriera, sería la misma que me darían a mí al finalizar el plan, si yo no falleciera.

Y así tuve una combinación de planes: ¡el plan perfecto diseñado a la medida de mis necesidades y mi capacidad de pago! Un plan de protección para mi familia y para mi futuro, en caso de que no me pasara nada. Todo esto conforme a mi filosofía de vida: asumir con responsabilidad lo que debía de asumir, proteger el presente y ser previsora con el futuro.

Conforme el conocimiento adquirido y la toma de conciencia de que lo más seguro que existe es la muerte,  tomé conciencia de la necesidad de hacerme cargo de la protección financiera de mi familia. Tomé la decisión y suscribí el plan de seguros.

Y qué tranquilidad tuve cuando disponía de mi pequeña póliza de seguro de vida, con protección para mis hijos, para mí y también con ahorro para la edad en que hay cambios trascendentales en nuestras vidas al llegar a la vejez.

Ante la realidad de que la muerte es segura, solo que no sabemos cuándo sucederá, una póliza de seguro de vida brinda  tranquilidad, la carga emocional se vuelve más ligera.

La realidad del mundo es como un espejo y en lo que antes no reparaba, ahora sí lo hacía. ¿Y las personas que dependen de nosotros? ¿Quién se hará cargo de ellas? ¿A quién le trasladaremos esa responsabilidad?

De sólo pensar que  mis padres asumirían con mucho sacrificio este reto, me causaba una sensación de falta de consideración para con ellos de mi parte. De sólo pensar que podrían quedar viviendo de la caridad de la familia, me causaba una sensación de irresponsabilidad completa de mi parte y falta de amor, de previsión para con ellos.

Así que mejor le busqué una solución. Y bueno, en todo esto también salía ganando yo, pues si llegaba a la edad de 65 años, retiraría el monto acordado como suma asegurada. ¡Perfecto!

Las veces que viajaba sola entregaba a mi esposo los documentos de las pólizas de seguro (en un momento dado contaba con dos) y le daba las orientaciones para tramitar la póliza en caso de situaciones de viaje sin regreso.

La tranquilidad de pensar que mis hijos contarían con algo, y también mis padres y mi esposo (también ellos eran beneficiarios) me brindaba una sensación de libertad, confianza, un sentimiento de seguridad: si me sucedía algo, además de su formación como personas a las que les había brindado amor, de que les había hablado de Dios, pues también había un poco de algo material para solucionar problemas económicos que son parte de la vida misma, que son situaciones reales, que corresponden al diario vivir.

Pues bien, pasaron los años, me parecía mentira cuando tomé mi póliza que llegaría a los 65 años. Si bien es cierto que todavía no he llegado a esa edad, pero han pasado más de 26 años desde que la tomé. La póliza módica, la que sólo brindaba protección por 20 años, cumplió su función: proteger a mis hijos. Ahora ya crecieron y se formaron.

Continué sólo con la que nos ofrece además de protección, ahorro  y ¡cómo me ha servido!

En una ocasión que necesitaba ayudar a un ser querido en la mejora de su casa, hice un préstamo a mi póliza de seguro de vida, a un plazo de cuatro años, a una tasa de interés bajísima,  un monto que alcanzaba el 80% de los valores que tenía ahorrado. En menos de quince días estaba listo el cheque a partir de mi solicitud. Pasaron los cuatro años, se canceló el préstamo y continúan los valores de mi póliza incrementándose, hasta retirarlos en el plazo que deseo retirarlos.

Contar con una póliza de seguro de vida para la protección de nuestros seres queridos es un acto de responsabilidad, es un acto de amor. Conlleva planificar tus ingresos, ordenar las finanzas para lograr perseverar hasta el final con el compromiso asumido.  Estar consciente que cada pago a nuestra póliza de seguro de vida significa cuidar el alimento, el vestuario, el techo y la educación de nuestros hijos.

Muy pocos pensamos en nuestro viejito interior. Aunque la muerte es segura, ¿qué pasa si logramos llegar a la etapa otoñal de nuestras vidas? Hay que cuidar al viejito  desde que estamos en primavera,  porque entre el corre corre de la vida misma, no nos damos cuenta qué tan rápido pasa el tiempo. De pronto nos vemos al espejo y ya estamos caneando, llegaron las arrugas, nuestros hijos crecieron, se fueron y ¿quién cuidará de nosotros?

En este mundo cada vez más agitado, la carga no la podemos trasladar a nuestros hijos, ellos a su vez tienen problemas que enfrentar y asumir.  Ellos nos pueden ayudar, pero no pueden asumir totalmente nuestra carga. Entonces es un acto de amor con nosotros mismos cuidar desde joven al viejito que llegaremos a ser, en caso de que no nos ausentamos antes de llegar a esa etapa.  Si nuestros hijos asumen, pues compartir con ellos parte o el total del fondo que disponemos producto de un seguro de vida con ahorro.

 

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